SESIÓN 3. SEGUNDA SEMANA DE CLASE (TRAS PRESENTACIONES)
1. Leer un texto teórico sobre edad media (el anterior y / o otro nuevo), completar la siguiente ficha y guardarla como parte de la teoría:
Guillermo Díaz-Plaja
Si nos hicieran dibujar un símbolo de la Edad Media, «enorme y delicada», nos obligaríamos a dar, como nociones previas, su inmensidad cronológica y su necesaria complejidad. Podría ser, por ejemplo, un regio castillo, cuya muralla inferior sería de tan fuertes pilares como pudiera mover la energía del hombre empujada por el terror. Estrechas saeteras permiten, apenas, columbrar el horizonte, en el que la guerra enciende sus hogueras y amenaza el peligro.
Por encima mismo de la muralla, a ras de tierra, podrían columbrarse las cocinas de la enorme mansión, donde los elementos de la vida diaria que se asientan sobre los apetitos elementales encuentran sus posibilidades de saciedad. Merodean por allí los siervos de la gleba, que han acarreado sus productos campesinos —los frutos, el ganado— para mantenencia del señor que les protege. Vive más alto. En el plano noble, sobre el Patio de Armas, donde hay sitio para justar, entrenamiento para la caza y para la guerra.
Más arriba, las estancias se van enriqueciendo de cosas inútiles: trofeos, tapices, un retablo piadoso. Lo ha pintado el monje que vive en la sacristía que está construida sobre el propio muro de la mansión nobiliar, intramuros, a la custodia también del guerrero. El monje, en su capilla, tiene algunos libros y, cuando puede, copia lentamente un manuscrito del convento lejano.
Más alto, el mirador de las damas, donde la esposa y las hijas del señor hilan y cantan. Cantan los viejos romances que los juglares traen y llevan de castillo a castillo, de frontera a frontera. Tres clases de seres, pues, «labradores, defensores y oradores», la azada, el yelmo y la pluma, y estos extraños caminantes que sirven de cantar...
Son el lujo de una cultura que no es «necesaria» como la religiosa, que nos encamina hacia Dios, sino inútil, porque es de «solaz»; inútil como esos adornos del salón noble; como las volutas que adornan el parteluz del mirador de las damas. La parte alta del castillo no está ya construida bajo el terror: hay un lugar para la belleza. Los muros se han adelgazado y los ventanales permiten ver ya el horizonte, constituyendo ciudades que protege el Rey nuestro Señor, que les libra no ya de la amenaza de la guerra, sino del dominio abusivo del señor.
Todo va cambiando en el viejo castillo: las damas han descendido de su alto mirador recatado y participan en la fiesta. Ya no es un torneo militar, sino una «justa» o torneo de poesía. Los arcos góticos que acaban de construirse tienen ya rizados capiteles de piedras y hay una virgen de alabastro, que sonríe como una princesa, en uno de los ángulos del gran salón alfombrado. Unos cristales de colores cubren ya las ventanas: ha nacido el mundo «interior», el de la delicadeza, el del tono menor. El monje sigue escribiendo, infatigable, en la capilla. Pero ya no sólo es él quien conoce el latín...
Las fronteras se han adelgazado. Van y vienen los caminantes, los mercaderes, los peregrinos. Incluso gentes que no conocen a Cristo trasiegan desde España perfumes raros, poemas distintos y aquellos remotos textos que los griegos habían escrito hacía mil quinientos años y que encontraron cuando saquearon Alejandría.
Estas gentes traen otras verdades, junto a las cristianas; también, en las oscuras juderías de Europa, donde canta sobre la plata el martillo de los orfebres, se salmodian los versículos de la «Tora», de la Ley que todavía espera su Mesías. Todo rumorea como una colmena por los caminos de Europa, que llevan a Roma, a Compostela, a la Meca, a Jerusalén.
La Media Luna dibuja su cuerpo gigante, recostada sobre la ribera meridional del Mediterráneo: con uno de los cuernos apunta al corazón de Castilla, por el otro a la mismísima Bizancio que sueña que todavía es Roma. Hará falta toda la energía española para ir deteniendo sucesivamente las últimas oleadas militares de esa luna sangrienta: Granada, Viena, Lepanto...
Esta fluida realidad, con fronteras inciertas y amenazadas, es, sin embargo, feliz, alegre, femenina en sus modos, barroca. El sueño de universalidad había querido centrarse en la sombra de las catedrales: aquel tremendo y macizo siglo XIII, bajo cuyas góticas cresterías, Ramón Llull sueña en la conversión de los infieles, mientras Alfonso X tiene bastante con atraerlos a su tarea cultural, mientras Tomás de Aquino y Dante Alighieri construyen, cada uno a su manera, inmensas cúpulas de pensamiento y poesía para abrigo de la Cristiandad.
ACTIVIDADES
Comprensión lectora
1. El autor utiliza un castillo como símbolo de la Edad Media. Explica qué representan sus diferentes espacios y qué grupos sociales aparecen asociados a ellos.
2. A lo largo del texto, el castillo y la sociedad medieval van transformándose. Explica dos cambios que muestren el paso de un mundo dominado por la guerra y el miedo a otro más abierto a la cultura, el comercio y la belleza.
Expresión escrita
3. Pon un título adecuado a este texto.
4. Escribe el título de un libro en el que podría aparecer este texto.
Léxico y gramática
5. Define con tus palabras, lo más preciso posible, el significado de los términos en negrita, así como su categoría gramatical.





